En su nivel más básico, los alimentos son una forma de energía. Nuestros cuerpos convierten la energía química almacenada en los alimentos en energía cinética a través de una serie de complejos procesos físicos y químicos. A su vez, esta energía cinética impulsa nuestros músculos y nos permite movernos. Más allá de los alimentos, las operaciones agrícolas, el procesamiento, el envasado, el transporte, la refrigeración y la preparación de los alimentos, todo ello requiere energía. Toda esa energía va a alguna parte, y solo una parte se utiliza. El resto es desperdicio. Como resultado, una de las formas de ahorrar energía es evitar el desperdicio de alimentos y otros derroches de energía en el sistema alimentario, desde el campo hasta su plato.